viernes, 1 de noviembre de 2002

Día de Muertos en Varsovia

El primero de noviembre se celebra el Día de Muertos en Polonia, una fecha de descanso obligatorio en que la gente visita a sus difuntos y más tarde participa en una comida que cada familia organiza en su casa. Los preparativos se inician con algunos días de anticipación, con la limpieza y el arreglo de las tumbas.

Powazki, el cementerio que visité por invitación de la familia Waliniowski, es uno de los más antiguos y, sin duda, el más famoso de Varsovia, por ser lugar de eterno descanso de personalidades como el cineasta Krzysztof Kieslowski y el periodista Ryszard Kapuscinski, así como de los héroes y los militares muertos en las innumerables batallas que Polonia ha librado a lo largo de la historia.


Esa fría y gris mañana de otoño, niños, adolescentes, adultos y ancianos, enfundandos en gruesos abrigos, caminaban ceremoniosamente por los andadores de la necrópolis colocando velas de diversos tamaños y colores, no sólo en las tumbas de sus familiares, sino también en la de sus amigos, vecinos y los personajes a los que admiran.

Una de las tumbas que reunía la mayor cantidad de velas era una enorme cruz de granito que ostentaba la leyenda "Katyn" y la fecha "1940". Supe por mis anfitriones que se trataba de un sepulcro vacío o, más bien, de un monumento a la memoria de los 20 mil oficiales polacos asesinados por el régimen soviético al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Otras tumbas, por pertenecer a héroes polacos, eran resguardadas por jóvenes militares que permanecían inmobiles en el frío, con las pálidas mejillas enrojecidas por las bajas temperaturas y formando vaho con cada exhalación.



Al término de la visita al cementerio comimos en casa de los Waliniowski: arenque, ensalada, queso y varios platillos fríos. Cuando sentía que mi estómago estaba totalmente lleno, supe que eso había sido sólo el entremés y los platillos calientes apenas estaban por llegar... Y es que los polacos son tan hospitalarios, que uno se siente en casa con gran facilidad, a pesar de la barreras del idioma.

La visita nocturna al cementerio fue una experiencia memorable. Casi a la medianoche las calles continuaban agitadas por el movimiento de la gente, pero al cruzar el umbral del camposanto el silencio era completo, la temperatura había disminuido aún más y la oscuridad sólo era interrumpida por los caminos de luz formados por las velas depositadas en las tumbas a lo largo del día. Era como estar en un lugar mágico y distante, tranquilo y acogedor.

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