En Terezín, a unos 60 kilómetros de Praga, tuve oportunidad de ver El führer regala una ciudad a los judíos, una cinta de propaganda nazi que se filmó en 1944 y que actualmente se proyecta en el Museo del Ghetto de esa ciudad.
Se trata de un corto en blanco y negro que sigue el formato de un documental. Se inicia con un partido de futbol en el patio de un edificio y continúa con imágenes que describen la supuesta vida cotidiana del ghetto: una reunión del Consejo Judío de Ancianos, donde hombres trajeados y limpios discuten los asuntos de la ciudad y sus pobladores. Gente que realiza labores agrícolas, como la siembra y el cuidado de las plantas o la eliminación de caracoles de las hojas de lechuga. Niños que disfrutan los juegos infantiles del parque público y una orquesta sinfónica que toca en una sala de conciertos frente a un público numeroso y elegante.
La cinta testimonia la existencia de un hospital, un café, un banco, una escuela, un jardín de niños, una panadería, algunos talleres artesanales y varias tiendas. La idea que transmite es que el ghetto era una especie de colonia de vacaciones. En realidad fue una estación de paso en la ruta hacia los campos de exterminio y la película, un fraude bien planeado.
Según el folleto editado por el propio Museo, en 1943, cuando la Cruz Roja hizo pública su intención de inspeccionar los ghettos, las autoridades nazis emprendieron en el de Terezín una campaña de embellecimiento que incluyó desde poner nombre a las calles y mejorar el aspecto de los edificios, hasta montar un café y tiendas, establecer un banco y emitir papel moneda.
La película se filmó de forma simultánea. El rodaje arrancó el 26 de febrero de 1944 bajo la dirección del prisionero Kurt Gerron, quien antes de la guerra era actor y director de cine, famoso por su papel como animador de cabaret en El ángel azul. Los actores y actrices fueron los mismos presos.
Cuando la Cruz Roja finalmente visitó Terezín, el 23 de junio de 1944, la mayor parte del equipo de producción había sido deportada a Auschwitz, incluido el director y su esposa quienes murieron en la cámara de gas el 28 de octubre de ese mismo año.
No obstante, la visita estuvo tan bien planeada y ensayada que los observadores internacionales dieron un voto aprobatorio, tanto en esa ocasión como en la que se realizaría el 6 de abril de 1945, un mes antes de la liberación.
Mi interés por conocer Terezín surgió de la lectura de Austerlitz, novela donde el escritor alemán W.G. Sebald se refiere a esa ciudad ghetto. Si bien describe con detalle la cinta filmada por los nazis, siempre pensé que se trataba de un recurso de ficción. Hasta el momento en que las luces se apagaron y en la pantalla apareció la imagen de un partido de futbol.
Porque contar es la mejor forma de recordar, reseño aquí viajes que he hecho; algunos recientes, otros no tanto. Aunque hay lugares que han cambiado con los años, y visitarlos el día de hoy puede no ser lo mismo que cuando yo lo hice, es interesante descubrir aspectos que ya solo existen en la memoria. Iniciemos pues el viaje.
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domingo, 15 de mayo de 2005
Cine en el Museo del Ghetto de Terezin
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Terezín
Autora, editora, investigadora independiente. En “Los Cravioto“ comparte reflexiones sobre memoria familiar, legado y representación.
domingo, 10 de agosto de 2003
San Antonio Gaudí
La primera noticia que tuve de la santidad de Antonio Gaudí fue durante una visita guiada a la colonia Güell, un pequeño poblado que el empresario catalán Eusebi Güell construyó para los obreros de sus fábricas textiles, cuando los conflictos sociales de fines del siglo XIX lo llevaron a sacar sus negocios de Barcelona, para ubicarlos en la entonces localidad rural de Santa Coloma de Cervelló. La colonia obrera se empezó a construir en 1890, como parte de un complejo industrial modelo, con la participación de importantes arquitectos. Gaudí fue el responsable de la edificación de la iglesia.
El folleto concluye exhortando al lector a pedir cosas a Gaudí e incluye una oración que hay que rezar a lo largo de nueve días (una novena). Una vez obtenido el favor, indican, hay que informarlo a la Asociación pro Beatificación de Antonio Gaudí.
La visita guiada recorre calles, plazas e inmuebles de uso público. En una de las múltiples paradas, el guía mostró dos retratos de Gaudí. En el primero se veía totalmente calvo a pesar de ser relativamente joven, mientras que en el segundo, con bastante más edad tenía mucho más cabello. El guía aclaró que la calvicie del primer retrato no era porque Gaudí se hubiera rapado, pues en la imagen no se observaban vestigios de capilares activos, sino una superficie brillosa y pareja, característica de la calvicie permanente. Fue entonces que preguntó a qué atribuíamos que un calvo recuperara el cabello y la respuesta no se hizo esperar: "A la santidad de Gaudí". El guía simplemente hizo una afirmación con la cabeza, mientras yo lo miraba sorprendida.
Días después visité la Sagrada Familia. En la cripta (que conserva el estilo gótico del proyecto original) está la tumba del famoso arquitecto, a quien los visitantes rinden tributo no como artista, sino como santo: en la semi penumbra encienden una vela y de rodillas frente a su sepulcro rezan en silencio, con los ojos cerrados y un ligero movimiento de labios; absortos en su fe y entregados en su oración.
En la capilla encontré un folleto titulado Gaudí, arquitecto de Dios, por el que supe que el proceso de beatificación está siendo promovido por la Associació pro Beatificació d'Antoni Gaudí, desde el 13 de mayo de 1994. También, que a la influencia de Gaudí se atribuyen varias conversiones al catolicismo: la del arquitecto japonés Kenji Imai; la del escultor, también japonés, Etsuro Sotoo; la del empresario estadunidense Charles Teetor, y la del directivo de la Cámara de Comercio de Pusan (Corea), Jun Young-Joo.
El folleto concluye exhortando al lector a pedir cosas a Gaudí e incluye una oración que hay que rezar a lo largo de nueve días (una novena). Una vez obtenido el favor, indican, hay que informarlo a la Asociación pro Beatificación de Antonio Gaudí.
Autora, editora, investigadora independiente. En “Los Cravioto“ comparte reflexiones sobre memoria familiar, legado y representación.
martes, 5 de noviembre de 2002
Imágenes de Varsovia
Cuando aterricé en el aeropuerto de Varsovia, lo único que sabía de Polonia es que es la tierra de Lech Walesa y de Juan Pablo II. Me había rehusado a buscar información antes de mi partida, pues quería vivir la experiencia con la misma espontaneidad con la que se me había presentado la oportunidad del viaje.
Como cualquier turista, lo primero que conocí en Varsovia fue el centro histórico o ciudad antigua (Stare Miasto). Su entrada está flanqueada por El Castillo y la columna del rey Segismundo III. Dentro hay una plaza en cuyo centro se yergue la sirena, el símbolo de ciudad, circundada por coloreadas casas renacentistas. Más al norte, en la muralla, se reúnen pintores y cantantes callejeros que ofrecen su arte al transeúnte.
Descubrí después que ese idílico centro histórico es como una escenografía reconstruida a conciencia después de la Segunda Guerra Mundial; una isla rodeada por construcciones de estética comunista que parecen detenidas en la década de los 50. Alrededor de esta franja hay interminables bloques de multifamiliares entre los que se distingue uno que otro edificio de vidrio. Augurios de modernidad que desentonan con el resto del paisaje urbano.
También descubrí que lo que verdaderamente caracteriza a Varsovia es la memoria de la guerra que se respira con cada inhalación de aire helado. Está en cada calle y en cada plaza; en los monumentos, en los edificios, en los panteones, y en el recuerdo de las personas, incluso de aquellas que ni siquiera habían nacido.
Un documental que se proyecta en el Museo de Historia concluye con las imágenes de una ciudad devastada por las bombas, la dinamita, los proyectiles y el fuego; sin embargo, de entre los escombros emergen poco a poco pequeñas figuras humanas envueltas en harapos. Hombres y mujeres que con sus manos empiezan a quitar las piedras para empezar la reconstrucción.
Como si fuera un complemento del anterior, en El Castillo se proyecta un documental sobre la laboriosa reconstrucción de ese inmueble, que se realizó entre 1971 y 1984. En la última escena, una multitud festeja la puesta en marcha del reloj de la torre, lo que sucedió a la misma hora en que se detuvo, 45 años antes, al ser destruido por una bomba.
En compensación, la ciudad está llena de vida. Durante mi estancia tuvo lugar el Festival Internacional de Cine que reunió a 46 países. En los jardines Layenki se exhibía la exposición La Tierra vista desde el cielo, del fotógrafo francés Arthus-Bertrand, la misma que estuvo expuesta en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. En la ópera se representaba Straszny Dwór (La mansión embrujada) del compositor Stanislaw Moniuszko (1819-1872), una historia romántica con tintes cómicos y un trasfondo nacionalista. El edificio de la Ópera Nacional era sede de una exposición de Picasso y en el cine, además del Festival, se exhibían El pianista, de Roman Polanski, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, y Zemsta (La venganza) la más reciente realización del veterano y galardonado cineasta Andrezj Wajda.
En los trenes es común encontrar extranjeros en viaje de negocios: ingleses, finlandeses, holandeses conectados a su lap, discutiendo los márgenes de ganancia con su acompañante polaco. En las paradas del camión, innumerables carteles publicitarios insisten en la importancia de aprender inglés, francés, alemán y español.
Y es que Polonia, la luchadora de las mil batallas contra el invasor, espera su incorporación a la Unión Europea en 2004 con una mezcla de entusiasmo, temor e incertidumbre. Entusiasmo ante la expectativa de una mejora económica; temor a que se repitan o se recrudezcan las consecuencias adversas de inflación y desempleo que se empezaron a experimentar después de la caída del bloque comunista; incertidumbre por lo que sucederá con su cultura y su identidad al formar parte de una unidad mayor.
Con la llegada de un invierno “que este año se adelantó”, los numerosos cafés al aire libre están desolados. Las sillas vacías del Stare Miasto parecen esperar algo. Tal vez el regreso de la primavera, acompañado por la gente bulliciosa en busca del calor del sol. O tal vez el cumplimiento de la eterna promesa de una vida mejor.
Como cualquier turista, lo primero que conocí en Varsovia fue el centro histórico o ciudad antigua (Stare Miasto). Su entrada está flanqueada por El Castillo y la columna del rey Segismundo III. Dentro hay una plaza en cuyo centro se yergue la sirena, el símbolo de ciudad, circundada por coloreadas casas renacentistas. Más al norte, en la muralla, se reúnen pintores y cantantes callejeros que ofrecen su arte al transeúnte.
Descubrí después que ese idílico centro histórico es como una escenografía reconstruida a conciencia después de la Segunda Guerra Mundial; una isla rodeada por construcciones de estética comunista que parecen detenidas en la década de los 50. Alrededor de esta franja hay interminables bloques de multifamiliares entre los que se distingue uno que otro edificio de vidrio. Augurios de modernidad que desentonan con el resto del paisaje urbano.
También descubrí que lo que verdaderamente caracteriza a Varsovia es la memoria de la guerra que se respira con cada inhalación de aire helado. Está en cada calle y en cada plaza; en los monumentos, en los edificios, en los panteones, y en el recuerdo de las personas, incluso de aquellas que ni siquiera habían nacido.
Un documental que se proyecta en el Museo de Historia concluye con las imágenes de una ciudad devastada por las bombas, la dinamita, los proyectiles y el fuego; sin embargo, de entre los escombros emergen poco a poco pequeñas figuras humanas envueltas en harapos. Hombres y mujeres que con sus manos empiezan a quitar las piedras para empezar la reconstrucción.
Como si fuera un complemento del anterior, en El Castillo se proyecta un documental sobre la laboriosa reconstrucción de ese inmueble, que se realizó entre 1971 y 1984. En la última escena, una multitud festeja la puesta en marcha del reloj de la torre, lo que sucedió a la misma hora en que se detuvo, 45 años antes, al ser destruido por una bomba.
En compensación, la ciudad está llena de vida. Durante mi estancia tuvo lugar el Festival Internacional de Cine que reunió a 46 países. En los jardines Layenki se exhibía la exposición La Tierra vista desde el cielo, del fotógrafo francés Arthus-Bertrand, la misma que estuvo expuesta en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. En la ópera se representaba Straszny Dwór (La mansión embrujada) del compositor Stanislaw Moniuszko (1819-1872), una historia romántica con tintes cómicos y un trasfondo nacionalista. El edificio de la Ópera Nacional era sede de una exposición de Picasso y en el cine, además del Festival, se exhibían El pianista, de Roman Polanski, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, y Zemsta (La venganza) la más reciente realización del veterano y galardonado cineasta Andrezj Wajda.
En los trenes es común encontrar extranjeros en viaje de negocios: ingleses, finlandeses, holandeses conectados a su lap, discutiendo los márgenes de ganancia con su acompañante polaco. En las paradas del camión, innumerables carteles publicitarios insisten en la importancia de aprender inglés, francés, alemán y español.
Y es que Polonia, la luchadora de las mil batallas contra el invasor, espera su incorporación a la Unión Europea en 2004 con una mezcla de entusiasmo, temor e incertidumbre. Entusiasmo ante la expectativa de una mejora económica; temor a que se repitan o se recrudezcan las consecuencias adversas de inflación y desempleo que se empezaron a experimentar después de la caída del bloque comunista; incertidumbre por lo que sucederá con su cultura y su identidad al formar parte de una unidad mayor.
Con la llegada de un invierno “que este año se adelantó”, los numerosos cafés al aire libre están desolados. Las sillas vacías del Stare Miasto parecen esperar algo. Tal vez el regreso de la primavera, acompañado por la gente bulliciosa en busca del calor del sol. O tal vez el cumplimiento de la eterna promesa de una vida mejor.
Autora, editora, investigadora independiente. En “Los Cravioto“ comparte reflexiones sobre memoria familiar, legado y representación.
viernes, 1 de noviembre de 2002
1 de noviembre: Día de Todos los Santos en Varsovia
El primero de noviembre se celebra el Día de Todos los Santos en Polonia, una fecha de descanso obligatorio en que la gente visita a sus difuntos y más tarde participa en una comida que cada familia organiza en su casa. Los preparativos se inician con algunos días de anticipación, con la limpieza y el arreglo de las tumbas.
Powazki, el cementerio que visité por invitación de la familia Waliniowski, es uno de los más antiguos y, sin duda, el más famoso de Varsovia, por ser lugar de eterno descanso de personalidades como el cineasta Krzysztof Kieslowski y el periodista Ryszard Kapuscinski, así como de los héroes y los militares muertos en las innumerables batallas que Polonia ha librado a lo largo de la historia.

Esa fría y gris mañana de otoño, niños, adolescentes, adultos y ancianos, enfundados en gruesos abrigos, caminaban ceremoniosamente por los andadores de la necrópolis colocando velas de diversos tamaños y colores, no sólo en las tumbas de sus familiares, sino también en la de sus amigos, vecinos y los personajes a los que admiran.
Una de las tumbas que reunía la mayor cantidad de velas era una enorme cruz de granito que ostentaba la leyenda "Katyn" y la fecha "1940". Supe por mis anfitriones que se trataba de un sepulcro vacío o, más bien, de un monumento a la memoria de los 20 mil oficiales polacos asesinados por el régimen soviético al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Otras tumbas, por pertenecer a héroes polacos, eran resguardadas por jóvenes militares que permanecían inmobiles en el frío, con las pálidas mejillas enrojecidas por las bajas temperaturas y formando vaho con cada exhalación.

Al término de la visita al cementerio comimos en casa de los Waliniowski: arenque, ensalada, queso y varios platillos fríos. Cuando sentía que mi estómago estaba totalmente lleno, supe que eso había sido sólo el entremés y los platillos calientes apenas estaban por llegar... Y es que los polacos son tan hospitalarios, que uno se siente en casa con gran facilidad, a pesar de la barreras del idioma.
La visita nocturna al cementerio fue una experiencia memorable. Casi a la medianoche las calles continuaban agitadas por el movimiento de la gente, pero al cruzar el umbral del camposanto el silencio era completo, la temperatura había disminuido aún más y la oscuridad sólo era interrumpida por los caminos de luz formados por las velas depositadas en las tumbas a lo largo del día. Era como estar en un lugar mágico y distante, tranquilo y acogedor.
Powazki, el cementerio que visité por invitación de la familia Waliniowski, es uno de los más antiguos y, sin duda, el más famoso de Varsovia, por ser lugar de eterno descanso de personalidades como el cineasta Krzysztof Kieslowski y el periodista Ryszard Kapuscinski, así como de los héroes y los militares muertos en las innumerables batallas que Polonia ha librado a lo largo de la historia.

Esa fría y gris mañana de otoño, niños, adolescentes, adultos y ancianos, enfundados en gruesos abrigos, caminaban ceremoniosamente por los andadores de la necrópolis colocando velas de diversos tamaños y colores, no sólo en las tumbas de sus familiares, sino también en la de sus amigos, vecinos y los personajes a los que admiran.
Una de las tumbas que reunía la mayor cantidad de velas era una enorme cruz de granito que ostentaba la leyenda "Katyn" y la fecha "1940". Supe por mis anfitriones que se trataba de un sepulcro vacío o, más bien, de un monumento a la memoria de los 20 mil oficiales polacos asesinados por el régimen soviético al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Otras tumbas, por pertenecer a héroes polacos, eran resguardadas por jóvenes militares que permanecían inmobiles en el frío, con las pálidas mejillas enrojecidas por las bajas temperaturas y formando vaho con cada exhalación.

Al término de la visita al cementerio comimos en casa de los Waliniowski: arenque, ensalada, queso y varios platillos fríos. Cuando sentía que mi estómago estaba totalmente lleno, supe que eso había sido sólo el entremés y los platillos calientes apenas estaban por llegar... Y es que los polacos son tan hospitalarios, que uno se siente en casa con gran facilidad, a pesar de la barreras del idioma.
La visita nocturna al cementerio fue una experiencia memorable. Casi a la medianoche las calles continuaban agitadas por el movimiento de la gente, pero al cruzar el umbral del camposanto el silencio era completo, la temperatura había disminuido aún más y la oscuridad sólo era interrumpida por los caminos de luz formados por las velas depositadas en las tumbas a lo largo del día. Era como estar en un lugar mágico y distante, tranquilo y acogedor.
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Autora, editora, investigadora independiente. En “Los Cravioto“ comparte reflexiones sobre memoria familiar, legado y representación.
domingo, 15 de octubre de 2000
El Palacio de Ludwigsburg, en Alemania.
Ludwigsburg es una ciudad de unos 80 mil habitantes, ubicada a pocos kilómetros de Stuttgart, en Alemania. Llegamos anoche procedentes de Colonia y nos alojamos en el departamento de unos familiares.
Hoy, por ser domingo, nos levantamos tarde. Nuestros familiares opinan que debemos conocer el palacio que está en el centro de la ciudad, así que hacia allá vamos alrededor del mediodía.
Es admirable lo bien conservado que está el Palacio de Ludwigsburg, es como si el rey Federico y su esposa, la inglesa Carlota Augusta Matilda, aún vivieran ahí. Cabe aclarar que Federico era, en realidad, un duque al que Napoleón hizo rey el 26 de diciembre de 1805, a cambio de una gran ayuda militar.
De lo más valioso que tiene el palacio es su teatro barroco, uno de los más antiguos de Europa, que conserva casi intacta la maquinaria del escenario. (Miro sorprendida el teatro sin imaginar que dentro de cinco años conoceré uno muy similar en la República Checa).
Otro lugar espectacular es la capilla privada del rey dentro de la iglesia.
Algo más: es la primera ocasión que en un palacio conozco las habitaciones de la servidumbre. De hecho, la visita empieza por ahí. Cuartos sin ventanas, amplios, pero oscuros y con poca ventilación, que están atrás de las amplias habitaciones principales.
El palacio fue un lugar inesperado. Ignoraba por completo su existencia y jamás me imaginé que en un población relativamente pequeña pudiera haber un palacio tan grande y bien conservado. Me gustó, además, la apertura con la que los alemanes muestran el lugar y cómo permiten al visitante entrar a espacios íntimos como la capilla privada del rey.
Tomo muchas fotos (aún con mi cámara de rollo). Ignoro que dentro de pocos días, en este mismo viaje, la voy a dejar olvidada en el tren cuando, por falta de visa, me deporten de Eslovaquia. Lástima, quizá algún día regrese a reponer mis imágenes perdidas.
Hoy, por ser domingo, nos levantamos tarde. Nuestros familiares opinan que debemos conocer el palacio que está en el centro de la ciudad, así que hacia allá vamos alrededor del mediodía.
Es admirable lo bien conservado que está el Palacio de Ludwigsburg, es como si el rey Federico y su esposa, la inglesa Carlota Augusta Matilda, aún vivieran ahí. Cabe aclarar que Federico era, en realidad, un duque al que Napoleón hizo rey el 26 de diciembre de 1805, a cambio de una gran ayuda militar.
De lo más valioso que tiene el palacio es su teatro barroco, uno de los más antiguos de Europa, que conserva casi intacta la maquinaria del escenario. (Miro sorprendida el teatro sin imaginar que dentro de cinco años conoceré uno muy similar en la República Checa).
Otro lugar espectacular es la capilla privada del rey dentro de la iglesia.
Algo más: es la primera ocasión que en un palacio conozco las habitaciones de la servidumbre. De hecho, la visita empieza por ahí. Cuartos sin ventanas, amplios, pero oscuros y con poca ventilación, que están atrás de las amplias habitaciones principales.
El palacio fue un lugar inesperado. Ignoraba por completo su existencia y jamás me imaginé que en un población relativamente pequeña pudiera haber un palacio tan grande y bien conservado. Me gustó, además, la apertura con la que los alemanes muestran el lugar y cómo permiten al visitante entrar a espacios íntimos como la capilla privada del rey.
Tomo muchas fotos (aún con mi cámara de rollo). Ignoro que dentro de pocos días, en este mismo viaje, la voy a dejar olvidada en el tren cuando, por falta de visa, me deporten de Eslovaquia. Lástima, quizá algún día regrese a reponer mis imágenes perdidas.
Autora, editora, investigadora independiente. En “Los Cravioto“ comparte reflexiones sobre memoria familiar, legado y representación.
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